Dicen que las personas que viven mucho tiempo sumidas en la oscuridad terminan por perder la razón.
Extrañamente conmigo ocurre lo contrario; donde únicamente me encuentro a salvo es en la oscuridad, o como mucho a la luz de una vela.
Hace algo más dos meses tuve la suerte de encontrarme con este reducto alejado de la civilización, y si tuviera que responder, no sabría decir con certeza si fuí yo el que se encontró con ella o si fue ella la que dio conmigo.
Llevaba algo más de medio año experimentando la difícil vida de trotamundos, refugiándome en donde buenamente podía y alimentándome gracias a la caridad de albergues o iglesias, y no voy a negar que no aprendiese un par de “trucos” de supervivencia por el camino.
Y una noche, mientras atravesaba un espeso bosque me encontré a mi mismo en un camino secundario sumido en una espesa niebla, con mi caja de cigarrillos, mi diario, un portafolios y un par de lápices como únicas pertenencias. Mientras caminaba sentí al ambiente cargarse repentinamente de electricidad, lo cual me provocó un intenso escalofrío. El propio aire predecía la llegada de una tormenta. No había terminado de acostumbrarme a la estática cuando la ví, como surgida de entre las copas de los árboles.
Nuestras miradas se encontraron. Me vió como un animal asustado y supo acogerme en su regazo y limpiarme las heridas.
En ese momento supe que estábamos hechos el uno para el otro.
Se estableció una relación de simbiosis, yo, como único habitante, llenaba el interior de la casa de vida, y ella a cambio me daba cobijo. En su interior encontré una basta biblioteca y un estudio abandonado que parecían haber sido pensados específicamente para mí. El sistema eléctrico de la casa era antiquísimo y había dejado de funcionar hace décadas, lo cual agradecí pues nunca me ha gustado la tecnología.
Siempre pensé que la tecnología al igual que la religión alienaba al hombre de su verdadera naturaleza y que solamente realizando actividades que lo enriquecieran intelectualmente, como la escritura, la lectura o la pintura, era capaz de alcanzar la verdadera felicidad. Al menos yo lo era.
Al fin y al cabo la vida es la persecución de la felicidad, ¿no?.
En el sótano encontré un surtido de velas enorme y de varios colores y procedí a repartirlas por todo el interior de la mansión. Solo cuando llegó la segunda noche y me dispuse a encender algunas de ellas me percaté de que el color de la llama adoptaba el color de la cera de la vela, lo cual daba un ambiente “único” a la mansión y que supe aprovechar para mantener a mi musa despierta.
De hecho, algunas de mis mejores obras han sido resultado de estos dos últimos meses.
Era como si la propia casa me estuviese dando la bienvenida.